El efecto del pequeño de la clase

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Álvaro nació el 19 de enero y Marcos llegaba al mundo el 17 de diciembre de ese mismo año. El primero cumplió cuatro años hace ya varios meses, mientras que el segundo tendrá que esperar todavía algo más de ocho para alcanzar esa edad. Ambos comenzaron el pasado septiembre el colegio en Educación Infantil, pero ese tiempo de diferencia -11 meses- entre Álvaro y Marcos son notorios. A su tierna edad puede constituir un gran desfase: nada menos que un tercio de vida.

Según algunos estudios, el mes de nacimiento puede influir en el rendimiento académico. ‘Cuándo has nacido importa’, elaborado en 2013 por investigadores británicos, apuntaba a que los resultados de los mayores de clase son, por lo general, mejores que los de los más pequeños. Un paso más allá va el informe realizado en la Universidad de Extremadura. El estudio concluye que los niños nacidos entre noviembre y diciembre tienen un 85% más de probabilidad de repetir un curso que los de inicios de año. Aunque los autores resaltan que no se debe, ni mucho menos, a que los niños de finales de año tengan bajas capacidades por cuestiones de temporalidad, sino que el sistema educativo español no considera la ‘brecha’ del mes de nacimiento a la hora de agrupar a los alumnos que comienzan el colegio.

Escolarización por año natural

El curso escolar en España se organiza según el año natural, es decir, únicamente se tiene en cuenta el año de nacimiento en el momento de escolarizar a los pequeños. De este modo, el mes de nacimiento puede dar lugar a distintos niveles madurativos en una misma clase.

Es en las etapas educativas iniciales -Infantil y Primaria- donde más diferencias se pueden observar. “Los niños experimentan saltos evolutivos muy grandes en sus primeros meses de vida en el área motriz, cognitiva, en el desarrollo del lenguaje… En cuestión de meses los niños hacen avances espectaculares, por lo que la diferencia puede ser más evidente”, explica María Revilla, coordinadora de Primaria y pedagoga terapeuta del colegio Nuestra Señora del Pilar de Soria.

Para mitigar el efecto ‘mes de nacimiento’, los expertos coinciden en que la flexibilidad, la educación personalizada y el respeto al ritmo biológico de cada niño juegan un papel esencial. “Los aprendizajes que reciben en esas edades repercuten en el resto de su vida. La estimulación y la individualización del aprendizaje son básicos sobre todo de cero a seis años. Y si algún niño se queda atrás por los hitos evolutivos, le estimulamos más y nos ajustamos a su desarrollo biológico”, agrega Judith Canning, coordinadora de Infantil del centro SEK-El Castillo de Madrid.

No obstante, “la capacidad de aprendizaje y de asimilación no tienen por qué ser distintas entre un niño de enero y diciembre. El problema viene cuando se le intenta enseñar algo para lo que aún no está preparado”, resalta Revilla.

Sin embargo, los especialistas aseguran que las diferencias se atenúan en poco tiempo. “Se equilibra hacia los últimos años de Primaria. Son imperceptibles siempre y cuando hayamos estado atentos y fomentando las primeras edades. Más adelante las desigualdades dependerán de otros muchos factores”, dice Ana Kovacs, psicóloga infantojuvenil..

Más allá de las diferencias cronológicas influyen en el nivel madurativo o en el retraso evolutivo variables como “el ambiente en el que el niño crece -entorno sociocultural, estructura familiar, etc.-, la escolarización temprana, la estimulación o si tiene hermanos… Factores aplicables también a un niño de enero porque según su contexto podrá madurar antes o después. En definitiva, la fecha de nacimiento -enero o diciembre- no tiene por qué implicar retraso o fracaso escolar. Hay que atender a las diferencias y particularidades de cada niño. No se debe perder nunca de vista la individualidad”, continúa.

“Al final se trata tan solo de biología. En Primaria una vez que se han desarrollado las habilidades básicas de aprendizaje (psicomotricidad, percepción, lenguaje…) empiezan a diluirse esas diferencias de tiempo, siempre que las hubiese, ya que cada niño -de enero o diciembre- es un mundo en cuanto a su desarrollo”, añade Miriam Marchante, orientadora de Infantil y Primaria en SEK-El Castillo.

Una enseñanza adaptada

Por otro lado, Gemma Asenjo, directora de Infantil del colegio Senara de Madrid, acentúa la importancia de no descuidar a los niños de los primeros meses del año: “Aparentemente su aprendizaje es fácil, siempre generalizando, y podemos no inculcarles el valor del esfuerzo que supone superar dificultades. Esta superación implica voluntad y atención, valores que son claves para el aprendizaje. Si no les atendemos de forma personalizada y no les exigimos y potenciamos, se nos pueden aburrir en clase”.

Además, subraya Asenjo, la labor del maestro al que considera profesor y educador: “El maestro tiene la tarea de dar a cada alumno lo que necesita y es el encargado de pulir el diamante que cada alumno lleva consigo”.

Pero “más que ver dificultades en los niños, habrá que tantear si el problema no está en la forma de educar. La enseñanza tiene que adaptarse a los niños y ayudarles a alcanzar un desarrollo pleno independientemente de su mes de nacimiento. Pero hay que dejar claro que los niños de noviembre o diciembre no requieren necesidades educativas especiales aunque biológicamente sean más pequeños”, afirma Marchante.

Incluso en numerosas ocasiones son las expectativas del adulto las que marcan el crecimiento del niño. “Los menores se ven reflejados en lo que decimos y hacemos. Si tememos por que es el pequeño de la clase y le van a ‘pasar por encima’, repercutirá en su actitud a través de una baja autoestima y por consiguiente afectará a su desarrollo, que evoluciona en función de su entorno”, concluye la psicóloga.

Fuente: www.elmundo.es

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