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La sabiduría popular sostiene que la educación privada, en un país pobre como el nuestro, solo puede ser un gasto de ricos. Valgan verdades, es una creencia casi global. Es probable que, hasta hace unos años, esto haya sido así; empero, no es la realidad actual. Una de las razones es que ya no somos tan pobres como creemos, y la otra es que ni los pobres quieren seguir en manos públicas.

James Tooley, de la Universidad de Newcastle, realizó un estudio en las zonas más pobres de la India, Gana y Nigeria (zonas con mayor pobreza que la peruana), y encontró que la educación pública solo aportaba el 35%, 25% y 34% de los colegios, respectivamente. El resto, los privados, se dividían en dos tipos: los reconocidos por el Estado y los no reconocidos. Salvo en Gana, existían más colegios privados sin reconocimiento estatal que con reconocimiento estatal. ¿Qué podríamos deducir de ello? En resumen: prefiero que mi hijo se eduque y me cueste, así no sea reconocido por el Estado, a que vaya gratis a un colegio y no aprenda nada.

Algo muy parecido está ocurriendo en el Perú urbano. En la Unidad de Gestión Educativa Local 02 (Independencia, Los Olivos, Rímac y San Martín de Porres), por ejemplo, el traslado de estudiantes de la educación pública a la privada es similar: 19% de las instituciones son públicas; el resto son privadas (80%) y parroquiales (1%). Las matriculas aún se mantienen mayoritariamente en las públicas (62% frente a 38%). Empero, eso también cambiará pronto si no hacemos algo.

Parto por asumir que el principal objetivo de la educación es expandir las capacidades del individuo, niño o adulto, que le permitan disfrutar de sus derechos y cumplir con sus deberes. Así, la educación cumple dos roles fundamentales: gestar ciudadanos y prepararlos para la vida laboral y productiva; parece evidente, entonces, que es la calidad de la educación la variable clave a usar: escuelas con alta calidad manifiestan altos puntajes en los exámenes comparativos, lo que a su vez predice mayores ingresos futuros de sus alumnos.

En los estudios de Tooley, la educación privada –sea reconocida o no– lograba mejores resultados académicos que la pública. Algo similar observamos en los estudios realizados localmente. Un colegio visitado en Los Olivos, el Manuel Scorza, tenía en comprensión lectora al 76% de sus alumnos en el Nivel 2, al 23% en el Nivel 1 y a ninguno debajo del Nivel 1; el promedio peruano es 23%, 54% y 23%, respectivamente. En matemáticas es similar.

Las diferencias que encontramos al comparar la educación privada con la pública son diversas: mayores incentivos económicos por productividad, mayor inversión en capital humano, mejor ratio alumnos/profesor (10 contra 25), no hay sindicatos (educación sin fines políticos e ideológicos), eficiencia organizacional, menor burocracia interna, mejor malla curricular, mejor infraestructura tecnológica, entre otras. Si algo tienen mejor las escuelas públicas sobre las privadas es la infraestructura del local: aulas más grandes, espacios deportivos, etc.

Algunos seguirán pensando que toda esta maravilla implica un gasto alto; no es así. Por ejemplo, el colegio Manuel Scorza cuesta S/.190 mensuales. Según cálculos de un ex viceministro de Educación, el costo al Estado peruano por alumno es cercano a los S/.250 por mes.

No propongo, como suelen creer, que la educación pública desaparezca; mi abuelo fue guadalupano, como muchos otros académicos e intelectuales peruanos. La educación pública puede y debe ser tan buena como era antes. Lo que creo es que la misma tiene mucho que aprender de la contraparte privada. La verdadera inclusión social se notará el día en que todos los peruanos, ricos o pobres, puedan escoger la educación pública sin distinguir diferencias en la calidad educativa.

Fuente: Perú 21.pe

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